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Thyssen-Bornemisza: un museo que nos enseña a mirar

Tiempo de lectura: 7 min.

Siete siglos de pintura, de los antiguos maestros al pop art, convierten al Museo Nacional Thyssen-Bornemisza en algo más que una de las grandes colecciones de Madrid: una extraordinaria lección sobre cómo mirar, sentir y disfrutar el arte.

Decir que amo el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza sería quedarse corto.

Podría hablar de una de las colecciones más completas, impresionantes, inteligentes y hermosas que he visto. Podría mencionar los nombres que aparecen, casi absurdamente, uno detrás de otro mientras recorremos sus salas. Podría intentar contar la sensación de encontrarse frente a una obra que conocemos desde siempre y descubrir que verla en persona es algo completamente distinto. Pero hablar del Thyssen sin hablar de su museografía sería una omisión terrible. Porque pocas veces un museo consigue algo aparentemente tan sencillo y, en realidad, tan complejo: hacernos sentir que podemos habitarlo.

No importa cuánto sepamos de arte. El Thyssen invita a descubrir, fluir, detenerse, volver atrás, hacerse preguntas y, sobre todo, disfrutar. Y también invita a mirar de otras maneras.

Un museo que también se puede tocar

Quizá uno de los mejores ejemplos sea Tocar para ver, un recorrido táctil creado para acercar algunas de las grandes obras de la colección a personas ciegas. Cinco pinturas fueron reproducidas mediante relieves que permiten explorar composiciones, perspectivas, volúmenes y texturas a través del tacto. Entre ellas está el extraordinario Díptico de la Anunciación de Jan van Eyck, hacia 1433-1435.

La obra original, realizada en óleo sobre tabla, juega de manera magistral con la grisalla hasta producir la ilusión de estar contemplando pequeñas esculturas. En su reinterpretación táctil, las manos pueden recorrer aquello que los ojos perciben: espacios, sombras, formas y la extraordinaria delicadeza de sus detalles. No es simplemente una adaptación. Es otra manera de mirar. Y quizá ésa sea la primera pista para entender lo que hace tan especial al Thyssen: desde el comienzo parece recordarnos que contemplar arte no debería ser una experiencia reservada para quien conoce sus códigos.

Qué ver en el Museo Thyssen-Bornemisza: siete siglos de arte

La recomendación es comenzar en la segunda planta, donde el recorrido de la colección permanente parte de los antiguos maestros, y continuar descendiendo hacia la modernidad. Lo que sigue es una suerte de viaje en el tiempo.

Gentile Bellini aparece entre los primeros grandes nombres. Poco después, el Cristo resucitado de Bramantino conmueve y roba el aliento. Escenas religiosas conviven con retratos, interiores, paisajes, bodegones y pequeños fragmentos de una vida cotidiana que ocurrió siglos antes que la nuestra. Y entonces aparece Caravaggio.

En Santa Catalina de Alejandría, pintada hacia 1598-1599, Fillide Melandroni —la modelo identificada con la santa— mira directamente al espectador. Está rodeada por los instrumentos de su martirio, pero hay algo en esa mirada que consigue atravesar los siglos.La luz dramática, el naturalismo, la espada, la rueda y la palma cuentan una historia. Pero sus ojos parecen contar otra. Hay algo de complicidad. Incluso de coquetería. Como si entre Caravaggio, su modelo y nosotros existiera un secreto que todavía no terminamos de comprender.

Y entonces sucede algo fascinante. Mientras avanzamos por el museo, cambia nuestra manera de mirar porque también cambia la manera en que los artistas miran el mundo.

Cuando pintar el mundo dejó de ser suficiente

El recorrido mantiene una lógica histórica, pero experimentarlo se siente mucho menos rígido que una cronología. Durante siglos observamos a los artistas perfeccionar su capacidad para representar aquello que tenían frente a ellos: un rostro, un paisaje, un cuerpo, una mesa, la luz entrando en una habitación.

Hasta que replicar el mundo deja de ser suficiente. Los artistas comienzan a pintar cómo entienden el mundo. Cómo lo recuerdan. Cómo lo sueñan. Cómo lo sienten. Y entonces la mente —y el color— explotan.

El expresionismo alemán es uno de esos momentos en los que las reglas parecen romperse frente a nuestros ojos. En Fränzi ante una silla tallada (1910), Ernst Ludwig Kirchner utiliza formas simplificadas y colores deliberadamente antinaturales. El rostro verde de la joven sería imposible si el objetivo siguiera siendo simplemente reproducir la realidad. Pero ya no lo es. Fränzi nos mira directamente. Y hay algo en esa mirada frontal, curiosa y desafiante que funciona casi como una invitación para continuar el recorrido de la misma manera: con ojos infantiles, llenos de asombro y preguntas nacidas de una curiosidad auténtica.

Del mundo exterior al mundo interior

Para entonces ya hemos entendido que el arte no tiene obligación alguna de explicarnos la realidad. Puede inventarla. Puede deformarla. Puede entrar en nuestros sueños. Y Salvador Dalí lo sabía mejor que casi nadie. En Un segundo antes del despertar de un sueño provocado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada, de 1947, encontramos a un Dalí seguro de su lenguaje surrealista y con Gala convertida en protagonista de ese universo imposible donde el sueño, el deseo y el subconsciente alteran las reglas de aquello que consideramos real. El museo ya nos ha llevado muy lejos de donde comenzamos. Y, sin embargo, todavía falta algo. Porque el arte también puede obligarnos a mirar sin intervenir.

Mirar la intimidad de otro

En Habitación de hotel (1931), Edward Hopper nos convierte en observadores expectantes.Una mujer está sentada al borde de una cama. Es de noche. Se ha quitado el vestido, los zapatos y el sombrero. Frente a ella hay maletas todavía sin abrir y en sus manos sostiene el horario del tren que tomará al día siguiente. No sucede nada. Y sucede todo. La arquitectura de la composición dirige nuestra mirada hacia esa mujer absorta, encerrada en la geometría fría y anónima de una habitación de hotel. Nosotros podemos verla. Ella no puede vernos.

El propio museo describe cómo la construcción del espacio termina convirtiendo al espectador prácticamente en un voyeur. De pronto ya no estamos contemplando únicamente una pintura: estamos observando un instante privado de alguien que parece no saber que estamos ahí. Después de siglos aprendiendo cómo los artistas miran el mundo, Hopper nos hace conscientes de nuestra propia mirada.

Y entonces el arte se divierte

El viaje todavía guarda una última transformación.

Porque después de dioses, santos, aristócratas, paisajes, bodegones, revoluciones del color, sueños y habitaciones silenciosas, aquello que llamamos arte también empieza a mirar hacia la cultura popular. Y aparece Roy Lichtenstein.

Mujer en el baño, de 1963, tiene todo aquello que convirtió al pop art estadounidense en uno de los lenguajes visuales más reconocibles del siglo XX: colores primarios, gruesas líneas negras y los célebres puntos Benday apropiados del lenguaje de reproducción mecánica de los cómics. Pero incluso aquí el Thyssen consigue cerrar uno de esos círculos que hacen tan inteligente su colección. La mujer bañándose no nació con el pop art. Es un tema que atraviesa siglos de historia del arte. Lichtenstein simplemente toma esa tradición y la transforma con el lenguaje visual de su propio tiempo. Después de todo lo que hemos visto, el arte vuelve a cambiar las reglas. Puede ser popular. Puede apropiarse del cómic. Puede hacernos sonreír. Puede ser divertido. Y aun así seguir haciéndonos mirar.

Aprender a mirar otra vez

Quizá por eso resulta tan difícil explicar el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza enumerando sus obras maestras. Claro que están ahí. Pero hacerlo sería reducir la experiencia a una lista de nombres. Lo verdaderamente extraordinario ocurre entre una obra y la siguiente.

Comenzamos observando cómo los artistas intentaron representar el mundo. Después descubrimos cómo comenzaron a interpretarlo, deformarlo, soñarlo, abstraerlo y reconstruirlo. Vemos cómo la pintura deja de preguntarse únicamente qué vemos para empezar a preguntarse cómo vemos.

Y mientras atravesamos esos siete siglos, algo cambia también en nosotros. Nos acercamos. Nos detenemos. Tocamos. Sentimos. Nos hacemos preguntas. Volvemos a mirar. Hasta recuperar, quizá, un poco de esa curiosidad con la que Fränzi nos observa desde su silla. Por eso decir que amo el Thyssen sería quedarse corto.

Hay museos que conservan la historia del arte. El Thyssen consigue que quieras seguir descubriéndola.

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Statement – Avril Parrillat. ©

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